Silvia Piñera
Ojos, nariz y boca, y entonces se forma una cara. Vemos rostros en las manchas de humedad, en las nubes, en el veteado del piso. Dicen que es una forma de sobrevivencia y de instinto para detectar depredadores, y aunque ya no es algo que necesitamos, esas manchitas aún saltan en nuestro camino y nos dicen hola y se nos quedan viendo.
Luego nos miramos en el espejo: ojos, nariz y boca. Un par de orejas, y las cejas. Tal vez un lunar, alguna arruga, esas cosas que son nuestras características y que el de junto, con sus ojosnarizyboca, no tiene igual. Así es como nos reconocemos.
Pero, de pronto, hay algo raro: los ojos se ven más pequeños, la nariz pareciera no estar en el lugar correcto, la boca parece la de otra persona, y aunque nos sabemos en nuestro reflejo, algo ahí está mal. “Me veo diferente en cada espejo”, me dice una amiga, “no me reconozco en cuestión de horas, es abrumador”. Los demás seguimos viendo sus ojos como siempre, su boca donde debe estar. Tal vez no se refiera únicamente a su rostro, su dismorfia es corporal, pero yo me la imagino desordenada por dentro y que eso la lleva a no reconocerse. ¿Podemos ponerle orden de nuevo a nuestra percepción?
Por ello surge el juego: tomar como modelo un juguete de la infancia y pegarle una fotografía de retrato fragmentada en cuadros. Luego desordenar, crear caras deformes que ya no lo son, aunque sigan teniendo los mismos ojos, la misma nariz, la misma boca. ¿Qué nuevas formas se generan?, ¿podemos encontrar armonía otros ordenes?, ¿es posible aún reconocer, reconocerse, en ese desorden?
Entonces viene la parte complicada, tratar de ordenar el rostro de nuevo y así desfragmentarlo. Algunas veces será más difícil, porque el juguete no permite armar de nuevo el rompecabezas y poner las piezas donde queremos, tenemos que desplazar varias para poner una sola en su lugar y atrevernos a moverla después para acomodar otra. Hay reglas que no conocemos y nos limitan, pero la solución es posible, aunque no lleguemos a ella.
Algunas veces habrá frustración, con suerte algunas risas. El final es también incierto porque, aunque se espera satisfacción de ser de nuevo esa cara reconocible y nuestra, tal vez las diferentes posibilidades del camino nos ayuden a sabernos cambiantes y a no sentirnos frustrados por ello.






