Germán Romero
La primera vez que conocí a Ulises fue cuando requería hacer un viaje. Hablamos poco, de cosas comunes: el clima, el trabajo, el tránsito. Regresé a mí mismo casi de manera inmediata. El uso de un medio de transporte por aplicación tiene sus conveniencias.
Una de las cosas que me llamaron la atención en ese momento fue lo sencillo que resultó el trayecto. Hola, qué tal, silencio, gracias, que tenga un buen día. Obviamos, yo obvié al otro. No puedo recordar nada particular de él o de ningún otro. Quizá sea por qué no puse atención, quizá por que realmente no importa. Los conductores son genéricos.
Cada uno tiene una historia personal, pero eso no importa. La naturaleza de las apps que funcionan como enlace entre alguien que busca un servicio y otro que lo provee no ayuda al anonimato. Son trabajos considerados como temporales. Hechos a la conveniencia del tiempo de todos. No hay una relación estrecha ni un sentido de comunidad. Es difícil que volvamos a coincidir.
Pero sucedió. Coincidí con Ulises de nuevo. Esta vez me esforcé un poco más en poner atención. Lo eventual paso a ser casual. Hay algo curioso en lo cotidiano. En otras circunstancias hubiera recurrido más seguido a sus servicios. Confiable, taciturno, concentrado, diligente, eficiente. Pero no me atreví a pedir su número ni indagar más sobre si era algo que pudiera hacer de la manera regular. Me dijo que era algo eventual y ahí quedo.
La última vez que supe de Ulises fue porque postea (o al menos así lo hacía) en una cuenta de IG fotos de sus trayectos. Esta parte me parece interesante. Como muchos de nosotros comparte mediante una app la visión de su mundo.
Pero su visión no es cualquiera. No hay mucho que ver. Siempre parece el mismo. Fiel a sí mismo es él todo el tiempo y aún así logra ser nadie. Justamente como cuando lo conocí la primera vez. Es eficiente, reemplazable, funcional dentro de un sistema de movilidad, pero parece carecer de una identidad propia.
Su vida transcurre desde su puesto de trabajo. Tiene la restricción y la identidad de quien ejecuta, siempre es él. Es auténtico y completamente reemplazable. No sabemos más. Pudiera ser yo, sentado en mi oficina, viendo al monitor, tomando decisiones, sintiéndome en control, pero a la deriva, con mi destino en función de las decisiones y rumbos de alguien más. Al ver sus fotos me dieron ganas de salir al mundo, ver qué más había visto Ulises, qué partes de la ciudad me podía presentar que no son conocidas y que otras sí. Quise su libertad de andar. Y luego me acordé de ese otro personaje de una historia, donde está condenado a cargar una piedra hacía lo alto de una montaña, para luego tener que caer de vuelta al inicio, levantarse y comenzar de nuevo su trayecto. Así hasta la eternidad.





